Clásicas Críticas

MESTIZA

Crítica de Javier Huerta (Instituto del Teatro de Madrid-UCM)

Autora: Julieta Soria. Dirección: Yayo Cáceres. Escenografía: Carolina González. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Vestuario: Tatiana de Sarabia. Intérpretes: Gloria Muñoz, Julián Ortega, Manuel Lavandera (músico) y Silvina Tabbush (cantante). Teatro Salón Cervantes. Alcalá de Henares (Madrid). 18 Festival de Artes Escénicas Clásicos en Alcalá.



La Trilogía de los Pizarros, un proyecto de teatro histórico sin duda ambicioso pero fallido de Tirso de Molina, ha servido de fuente inspiradora a esta Mestiza, de Julieta Soria,cuya protagonista es Francisca Pizarro Yupanqui, hija de Francisco Pizarro y de la princesa inca Quispe Sisa. La dramaturga ha fabulado un imposible encuentro ˗la cronología de ambas biografías no encaja por mucho que estiremos la de una y encojamos la del otro˗ entre la hija del conquistador del Perú y fray Gabriel Téllez, sobre la base de unos motivos que son de interés para el público de hoy: un poeta dramático que demostró siempre una especial sensibilidad por la mujer y que, además, es uno de los pocos autores del Siglo de Oro que viajó a América; una mujer de condición mestiza cuya personalidad se ve escindida por las dos estirpes de que desciende, aunque en ella prime la sangre americana; la cuestión de la Leyenda negra, sobre la que se debate una y otra vez y casi siempre para secundar los tópicos seculares: «España es culpable» (la lectura del valiente libro de Elvira Roca, Imperiofobia, es más que recomendable, se esté o no de acuerdo con su tesis); el papel de la Iglesia ante el abuso de que fueron víctimas los indígenas; la difícil convivencia entre razas… El texto, sin entrar nunca a fondo en esas cuestiones, es un homenaje al mestizaje, y el espectáculo es, literalmente, un canto a esa mezcla, al «otro», pues la música se enseñorea de la función.

Recogida en el jardín de su casa de Madrid, adonde se ha recluido ya muy mayor  para evitar el desprecio de la gente cuando pasa por la calle, doña Francisca se expresa con desfachatez feminista avant la lettre sobre todo lo divino y lo humano, y hasta en cierta ocasión recita versos de otra gran mujer hispanoamericana, sor Juana Inés de la Cruz, la primera voz rebelde en nuestra lengua ante la postergación social de la mujer. El relevante peso del personaje aminora el del fraile mercedario. Es, en mi opinión, lo menos creíble de la representación. Tirso de Molina era demasiado grande para el personaje tan insignificante que ha creado Julieta Soria: un mozalbete aspirante a fraile, pero al fin más pícaro que fraile. Que en la Trilogía de los Pizarros el mercedario le otorgara a Francisca un papel secundario nada quiere decir. El encuentro de una mujer de extraordinaria personalidad ˗culta y acaudalada, nada que ver con una pobre emigrante de nuestros días˗ con un poeta de la talla de Tirso hubiera merecido un conflicto dramático de otras dimensiones. Pero la autora ha optado por un planteamiento menos grave aunque, desde luego, mucho más divertido, con abundantes concesiones al gusto popular (a veces también populista) y la corrección política.

Con ese fondo detrás, Yayo Cáceres ‒que conoce a la perfección las dos sensibilidades a uno y otro lado del charco‒ arma un brillante espectáculo. Tiene ya acreditada experiencia por los celebrados montajes que ha dirigido a la compañía Ron Lalá, de la que en el programa asoma otro miembro: Álvaro Tato, como asesor de la dramaturgia. Así es que los ingredientes son marca de la casa: el humor casi siempre inteligente; el relieve de la música (Manuel Lavandera), con una voz prodigiosa y emocionante (Silvina Tabbush); los guiños constantes al público, que se ve invitado a una verdadera fiesta teatral, a la que pone escenografía Carolina González, rico vestuario Tatiana de Sarabia, y magnífica iluminación Miguel Ángel Camacho.  Julián Ortega encarna a ese Tirso poco creíble que comentábamos, y Gloria Muñoz da vida soberbia a la Mestiza, a la que da todos los matices de la gran dama que, sin duda, fue, pero también de la mujer rebelde que domina el lenguaje arrabalero. Y, en fin, los espectadores disfrutan de lo lindo, que es de lo que se trata.


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