Clásicas Críticas

Jara Martínez

LA TEMPESTAD

Escrito por clasicascriticas 25-06-2018 en La tempestad. Comentarios (0)

Crítica de Jara Martínez Valderas (ITEM, www.teatrero.com, “Revista ADE")


Título
La tempestad. Autoría: Shakespeare. Dirección: César Barló. Compañía: AlmaViva. Reparto: Eva Varela, José Gonzalo, Javi Ródenas, Sayo Almeida, Marina Sánchez, etc. Escenografía: Rosa Sánchez. Iluminación: César Barló. Vestuario: Karmen Abarca. Espacio sonoro: Rodrigo Manchado y Lisi Búa. Teatro: Corral de Comedias. Clásicos en Alcalá


La programación del Festival de Clásicos en Alcalá acoge representaciones para diversos públicos, además de cursos y encuentros con críticos para llevar a cabo debates sobre las obras. El festival tiene la clara vocación de conectar con un público de distintas edades y expectativas. Así, en la programación hay teatro de corte más tradicional pero también hay cabida para propuestas más experimentales que rompen la dicotomía convencional del arco de embocadura y el patio de butacas. En este lado se sitúa La tempestad de Almaviva Teatro. Podemos destacar en la trayectoria de esta compañía la puesta en escena de textos clásicos así como trabajos en espacios no convencionales, así que este espectáculo se enmarca dentro de la línea de trabajo con la que quieren diferenciarse.

Esta obra nace en el circuito de teatros alternativos, estando coproducida y programada por La puerta estrecha. La obra tuvo buena acogida de público y fue merecedora de dos premios Godoff 2018. Ahora ha dado el salto al Corral de Comedias de Alcalá Henares. La producción ha conseguido eso que es tan difícil: pasar de un circuito pequeño a un espacio de tanta historia y prestigio. Es encomiable que César Barló, director y dramaturgo de la pieza, decida montar La tempestad, con un reparto tan amplio (nueve actores).

La apuesta que define al espectáculo es la elección del espacio, en este caso no escenográfico sino del espectador, ya que es una experiencia escénica itinerante. La isla de Shakespeare, llena de misterios y naturaleza salvaje, es el propio teatro (desde el hall al escenario, pasando por los pasillos de acceso a los palcos). El teatro como lugar es, por lo tanto, una metáfora de la isla en la que se encuentran Próspero y Miranda, acompañados por dos criaturas como son Ariel y Calibán. En el original de Shakespeare el primero es un “espíritu del aire” y al segundo un esclavo salvaje y deformado (una referencia de los indios colonizados). Si bien Calibán es dibujado por el director en esta línea, el espíritu Ariel –encargado de todos los hechizos que mueven la acción– no tiene nada que ver con la delicadeza que a priori podría definirle y es interpretado por un patinador (guiño a la idea “del aire” en el personaje literario), con luces fosforitas, desenfadado e histriónico. Aquí el director ya rompe con las expectativas más clásicas del público y le deja claro que esta propuesta es diferente. La obra se abre con los parlamentos iniciales de Próspero y Miranda donde el primero narra los antecedentes para comprender la historia pero, a partir de la escena siguiente, el texto original se va desdibujando, perdiendo poesía y ganando actualidad. El lenguaje fluye entre las dos aguas del lenguaje clásico y el moderno.

La temática pretende destacar, dentro de las distintas posibilidades que brinda en texto original, el ansia de libertad y su contrario, el sometimiento. Así los personajes de Calibán y Ariel reclaman y buscan dejar de ser esclavos de Próspero, que se presenta en la obra desde el inicio como un tirano y que al final termina, con un cambio de vestuario, asemejándose al resto de políticos en fondo y forma. Las dos fuerzas en pugna son el sometido y el tirano, no siempre relacionado con el bien y el mal, respectivamente. Eso sí, el concepto de tiranía se relaciona con la sociedad y la política y el bien con el amor de Miranda y Fernando y con el perdón final de Próspero que devuelve el orden y hace que prevalezca el bien.

La dramaturgia de Barló mantiene las tres tramas fundamentales pero el protagonista, Próspero –interpretado con mucha fuerza por Eva Varela– aparece al inicio para luego diluirse y aparecer al final, y se echa de menos esa presencia que, junto a Fernando y Miranda, mantienen más texto shakesperiano y dan asideros al entendimiento de la trama. Las escenas de Calibán, Trínculo y Stefano, se enredan en representar una borrachera y ejecutan un movimiento continuo que oculta la emisión del texto y la claridad de la escenas.

Es un acierto el trabajo con el espectador de una manera desenfadada y directa, aunque las pautas para el movimiento del mismo no quedaban fijadas de manera clara y la ubicación de las escenas en los diferentes espacios no parecían tener un sentido totalmente justificado. El público juega dos papeles, uno como tal y otro como parte de la dramaturgia, por ejemplo como invitados a la boda de Miranda y Fernando.

Podemos definir este espectáculo como teatral, todo es un juego escénico presentado a los espectadores que, caminando por el teatro, entran y salen de la convención fabular. Esta elección en el tono del espectáculo permite jugar al director con distintos registros actorales, que oscilan entre un código más naturalista en Miranda y Fernando hasta la farsa (en este extremo está Ariel). Esta teatralidad también permite que la iluminación, el vestuario y la escenografía tengan poco de realismo y mucho de convección. Miranda y Próspero visten ropa blanca y de texturas más rudas, que remiten a lo salvaje, para diferenciarlos de los políticos llegados de la ciudad que visten oscuros trajes de referencia contemporánea. Este signo junto a la ausencia de datos históricos quiere dar al espectador la idea da parábola pero también hacerle consciente que la historia es actual, para así llevarlos a la conexión entre la fábula y la política de hoy. En ese sentido, para ayudar a cruzar este puente al espectador, y como excepción en todo el montaje, Calibán al hablar del sometimiento a un dueño –Próspero– reparte entre el público fotografías de políticos occidentales.

La obra pone el acento en la crítica del uso del poder, encarnada en las ambiciones de lo políticos, y en cómo una moral donde predomina el mal define sus acciones. Esta dicotomía entre el egoísmo, la crueldad y la ambición representada por los personajes pertenecientes al sistema tiene su contrario en la bella historia de amor de Miranda y Fernando, que representan la inocencia. Al final, con un público de nuevo en el patio de butacas, predomina el blanco en la escenografía y Próspero pide la libertad a la audiencia, dejándola a la elección del público pero invitando a ello, a que predomine lo positivo de la libertad frente al sometimiento.

Este espectáculo recoge el espíritu del festival, conectar con los espectadores y convertirlos en parte activa del mismo, tal y como los espectadores se sienten en esta arriesgada y fresca propuesta de La tempestad. Una tempestad –¿Y por qué no?– de César Barló además de Shakespeare. 


UNA HUMILDE PROPUESTA

Escrito por clasicascriticas 25-06-2018 en Una humilde propuesta. Comentarios (0)

Crítica de Jara Martínez Valderas (ITEM, www.teatrero.com, “Revista ADE")

Título: Una humilde propuesta. Autor: Jonhatan Swift. Directora: Laila Ripoll. Intérprete: Mariano Llorente. Festival Clásicos en Alcalá. 23 y 24 de junio.


El XVIII Festival de Artes Escénicas de la Comunidad de Madrid, en Alcalá Henares, ha acogido el estreno de Una humilde propuesta, versión de Laila Ripoll a partir del texto de Jonathan Swift. Es una obra que se crea ex profeso para este festival y que asume el riesgo de llevar a escena un texto no dramático, ya que el original de Swift es un ensayo satírico. La intención de este escritor, en 1729, era hacer una parodia o autoparodia –ya que él mismo también los escribía– sobre los opúsculos que todo intelectual de clase alta que se preciara escribía “para el bien común” en la Irlanda de la época.

La directora, Laila Ripoll, que firma también la versión, es fiel al texto original y mantiene la idea escénica de conferencia. Vemos en escena al propio Jonathan Swift ofreciendo una charla a los asistentes. Este espectáculo se concibe desde la ruptura de la convencional obra de sala y explora las interesantes vías que abre el site-specific. Es un acierto proponer este texto en un lugar no convencional ya que prepara la recepción del espectador, que es llevado a la escuela de hostelería en autobús, y le predispone a un tipo de experiencia escénica no convencional. 

El site-specific, de origen anglosajón, es un tipo de trabajo artístico que todavía no se conoce por el gran público en España pero que tiene una larga tradición en otros países desde los años sesenta, proliferando en los noventa. El concepto proviene de la instalación, pero también comienza a extenderse a las artes escénicas. Se trata de concebir una obra en un lugar no escénico y que ese espacio aporte sentido a la obra por sí solo, por lo que la misma no puede exportarse a otros lugares sin perder su esencia. Es un motivo de celebración que este tipo de experiencias, que amplían el hecho del mero consumo en sala para proponer otra relación, más directa, con el público, sea promovido por el festival de Alcalá.

En este caso, el texto se representa en la Escuela de Hostelería y Turismo. El público se sienta en una sala con mesas, puede tomar vino y el propio menú es el programa de mano del espectáculo. Un elemento fundamental es el olor a carne, dos cabezas de cerdo situadas al fondo, poca iluminación y un ambiente refinado pero de atmósfera macabra (con música de Haendel). Frente a la audiencia se sitúa un personaje vestido a la moda inglesa del siglo XVIII, que no desvela nunca su identidad pero que podemos entender que representa al propio escritor, Jonathan Swift. Al fondo hay cocineras que vemos trabajando. La puesta en escena quiere sugestionar al espectador mediante el espacio, el olor y la íntima relación que se crea como receptor.  Todo ese refinamiento inicial pronto se irá descomponiendo en algo macabro. Y es que la temática de la pieza requiere “estómagos fuertes”.

El monólogo es una propuesta para solucionar el problema de la enorme cantidad de niños pobres. Los padres pueden vender a sus hijos para que los ricos puedan comérselos, y paguen un buen precio por ello. Se soluciona el problema de sobreabundancia de pobres, la escasez de alimentos y alivia la falta de recursos económicos de los padres. La versión hace continuas referencias a la actualidad, como si esta “humilde propuesta” pudiéramos asumirla hoy día. El actor, Mariano Llorente, representa con maestría la sátira del texto original, oscilando entre un serio convencimiento en su discurso y una fina línea irónica que empatiza con el espectador. Es una “propuesta humilde” pero certera y no condescendiente con el espectador.

La obra ahonda, con un sentido del humor irónico, en convicciones que ya el público conoce: las injusticias de nuestra sociedad y el sistema de opresión de los poderosos sobre una mayoría depauperada. La función de esta obra es recordarte e incomodarte en torno a la crueldad y la hipocresía social de la clase dominante. Parece una locura “divertida” plantear comernos los niños pero, hoy en día, el sistema económico es tan cruel que la risa se congela (!Qué hidratantes deben ser los inmigrantes del Aquarius y qué problema nos quitaríamos de encima!). El teatro puede llegar hasta aquí, hasta revolver los estómagos del público recordándonos nuestra miseria como sociedad desigual, pero no mas allá. El teatro no puede cambiar la sociedad pero puede remover las conciencias, bueno, en este caso “los estómagos”.