LA PARTE DE YAGO

Escrito por clasicascriticas 02-07-2018 en J G López Antuñano. Comentarios (0)

Crítica de José Gabriel López Antuñano (ITEM y “ABC”)

Título: La parte de Yago; a partir del texto de Shakespeare, versión: María Ruíz. Dirección: María Ruíz; Reparto: Eleazar Ortiz. Escenografía y vestuario: Carlos Aparicio. Iluminación: Javier Ruíz de Alegría. Espacio sonoro: Mariano Marín. 28 de junio de 2018. Corral de Comedias de Alcalá. Festival: Clásicos en Alcalá.


El título de una obra de teatro, si está bien escogido, como es el caso, orienta más que las palabras introductorias con las que se adornan los programas de mano. La parte de Yago o bien qué hace (cuál es su “parte”, en la acepción antigua de esta palabra, el texto que al actor le corresponde decir en un drama) y cómo ve este personaje la tragedia de Otelo,constituyen la esencia de este monólogo. Desde su perspectiva, el Alférez relata al público la trayectoria del Moro de Venecia desde el cortejo y la boda con Desdémona, la misión defensiva en Chipre ante los turcos, las estratagemas que urde con el teniente Cassio, el hidalgo Rodrigo y su esposa Emilia, para confundir a Otelo, hasta que este, consumido por los celos, da muerte a Desdémona y se suicida. Historia bien contada en la que no faltan algunas gotas de la envidia de Yago o el lance del pañuelo de Desdémona, pero donde se echa de menos ver, escuchar y contemplar las tribulaciones del militar: conocerle internamente, asistir a la evolución de la astucia, la exacerbación de la envidia o la transformación de otros rasgos que configuran su personalidad, recogidos admirablemente por Shakespeare en uno de sus personajes más atractivos y compactos. En definitiva, observar las aristas del carácter, los conflictos y en qué medida las circunstancias exteriores cambian la naturaleza y el comportamiento de Yago. Sin estos elementos, el monólogo resulta demasiado lineal, complicado para el actor y el argumento un recordatorio de la tragedia para el espectador. Asimismo, al lenguaje le falta ese vuelo mágico del original.

Sobre el escenario, dos elementos, una torre de tablero de ajedrez y un telón traslúcido, en paralelo y junto al foro. Al comienzo la pieza ajedrecística invita a pensar en una partida dialéctica de Yago contra él mismo o contra Otelo, pero en el trascurso de la representación solo es un objeto para llenar el escenario, que da pie para abrir dos partes del monólogo, la decisión de Yago de utilizar a Cassio como peón, y la determinación de dar “jaque mate al rey”, a Otelo. El telón, iluminado indirectamente apunta al proceloso mundo interior, oscuro y confuso, de Yago, pero no es un signo que quede claro, ni que funcione con eficacia ya que mientras el actor juega con este elemento, mientras dice, el escenario queda vacío.

El oficio de la directora permite que el texto se entienda con claridad por la exposición, las pausas, el ritmo interno o los diferentes tempos para destacar las partes importantes sobre otras de transición hacia puntos neurálgicos del argumento. La dicción es clara, cuestión que se agradece en tiempos de actores que no proyectan, ni vocalizan, ni acentúan en su lugar las palabras. El actor resuelve bien pero, acaso, se le podría exigir una mayor capacidad para matizar y para decir con diferentes tonalidades el texto en función de la mayor o menor importancia de cada frase; o bien para diferenciar más lo que es elucubración y soliloquio, de la narración o de las decisiones que adopta y comunica.