Clásicas Críticas

Mestiza

MESTIZA

Escrito por clasicascriticas 18-06-2018 en Mestiza. Comentarios (0)

Crítica de Javier Huerta (Instituto del Teatro de Madrid-UCM)

Autora: Julieta Soria. Dirección: Yayo Cáceres. Escenografía: Carolina González. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Vestuario: Tatiana de Sarabia. Intérpretes: Gloria Muñoz, Julián Ortega, Manuel Lavandera (músico) y Silvina Tabbush (cantante). Teatro Salón Cervantes. Alcalá de Henares (Madrid). 18 Festival de Artes Escénicas Clásicos en Alcalá.



La Trilogía de los Pizarros, un proyecto de teatro histórico sin duda ambicioso pero fallido de Tirso de Molina, ha servido de fuente inspiradora a esta Mestiza, de Julieta Soria,cuya protagonista es Francisca Pizarro Yupanqui, hija de Francisco Pizarro y de la princesa inca Quispe Sisa. La dramaturga ha fabulado un imposible encuentro ˗la cronología de ambas biografías no encaja por mucho que estiremos la de una y encojamos la del otro˗ entre la hija del conquistador del Perú y fray Gabriel Téllez, sobre la base de unos motivos que son de interés para el público de hoy: un poeta dramático que demostró siempre una especial sensibilidad por la mujer y que, además, es uno de los pocos autores del Siglo de Oro que viajó a América; una mujer de condición mestiza cuya personalidad se ve escindida por las dos estirpes de que desciende, aunque en ella prime la sangre americana; la cuestión de la Leyenda negra, sobre la que se debate una y otra vez y casi siempre para secundar los tópicos seculares: «España es culpable» (la lectura del valiente libro de Elvira Roca, Imperiofobia, es más que recomendable, se esté o no de acuerdo con su tesis); el papel de la Iglesia ante el abuso de que fueron víctimas los indígenas; la difícil convivencia entre razas… El texto, sin entrar nunca a fondo en esas cuestiones, es un homenaje al mestizaje, y el espectáculo es, literalmente, un canto a esa mezcla, al «otro», pues la música se enseñorea de la función.

Recogida en el jardín de su casa de Madrid, adonde se ha recluido ya muy mayor  para evitar el desprecio de la gente cuando pasa por la calle, doña Francisca se expresa con desfachatez feminista avant la lettre sobre todo lo divino y lo humano, y hasta en cierta ocasión recita versos de otra gran mujer hispanoamericana, sor Juana Inés de la Cruz, la primera voz rebelde en nuestra lengua ante la postergación social de la mujer. El relevante peso del personaje aminora el del fraile mercedario. Es, en mi opinión, lo menos creíble de la representación. Tirso de Molina era demasiado grande para el personaje tan insignificante que ha creado Julieta Soria: un mozalbete aspirante a fraile, pero al fin más pícaro que fraile. Que en la Trilogía de los Pizarros el mercedario le otorgara a Francisca un papel secundario nada quiere decir. El encuentro de una mujer de extraordinaria personalidad ˗culta y acaudalada, nada que ver con una pobre emigrante de nuestros días˗ con un poeta de la talla de Tirso hubiera merecido un conflicto dramático de otras dimensiones. Pero la autora ha optado por un planteamiento menos grave aunque, desde luego, mucho más divertido, con abundantes concesiones al gusto popular (a veces también populista) y la corrección política.

Con ese fondo detrás, Yayo Cáceres ‒que conoce a la perfección las dos sensibilidades a uno y otro lado del charco‒ arma un brillante espectáculo. Tiene ya acreditada experiencia por los celebrados montajes que ha dirigido a la compañía Ron Lalá, de la que en el programa asoma otro miembro: Álvaro Tato, como asesor de la dramaturgia. Así es que los ingredientes son marca de la casa: el humor casi siempre inteligente; el relieve de la música (Manuel Lavandera), con una voz prodigiosa y emocionante (Silvina Tabbush); los guiños constantes al público, que se ve invitado a una verdadera fiesta teatral, a la que pone escenografía Carolina González, rico vestuario Tatiana de Sarabia, y magnífica iluminación Miguel Ángel Camacho.  Julián Ortega encarna a ese Tirso poco creíble que comentábamos, y Gloria Muñoz da vida soberbia a la Mestiza, a la que da todos los matices de la gran dama que, sin duda, fue, pero también de la mujer rebelde que domina el lenguaje arrabalero. Y, en fin, los espectadores disfrutan de lo lindo, que es de lo que se trata.


MESTIZA

Escrito por clasicascriticas 18-06-2018 en Mestiza. Comentarios (0)

Crítica de Juan Ignacio García Garzón (ABC)

Autora: Julieta Soria. Dirección: Yayo Cáceres. Escenografía: Carolina González. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Vestuario: Tatiana de Sarabia. Intérpretes: Gloria Muñoz, Julián Ortega, Manuel Lavandera (músico) y Silvina Tabbush (cantante). Teatro Salón Cervantes. Alcalá de Henares (Madrid). 18 Festival de Artes Escénicas Clásicos en Alcalá.



ENTRE DOS MUNDOS


Debió de ser Francisca Pizarro Yupanqui (Jauja 1534 - Trujillo 1598) una dama la mar de interesante. Culta, rica y desenvuelta, es considerada la primera mestiza de Perú, pues por sus venas corría la sangre real de los incas y la del conquistador Francisco Pizarro, a quien el Inca Atahualpa ofreció en matrimonio a su hermanastra la princesa Quispe Sisa, bautizada como Inés Huaylas. Esta obra de Julieta Soria recrea un improbable encuentro entre un joven Gabriel Téllez de 19 años y doña Francisquita, como era conocida en Madrid esta mujer, símbolo vivo de la unión entre dos mundos, que residió en la capital a partir de 1581, tras contraer matrimonio en segundas nupcias con Pedro Arias Dávila Portocarrero, hijo de los condes de Puñonrostro.

Si tenemos en cuenta que Téllez nació en 1579 y que ella murió en Trujillo en 1598, casi no queda resquicio temporal para que el escritor se encontrara con ella en Madrid buscando información para un trabajo teatral y creo que tampoco resulta factible que la dama conociera alguna obra firmada por Tirso de Molina, pues los textos conocidos del mercedario son posteriores. Es verdad que aparece en su obra “Amazonas en las Indias”, segunda parte de su “Trilogía de los Pizarros”, compuesta por “Todo es dar en una cosa”, dedicada a Francisco Pizarro; la citada “Amazonas en las Indias”, centrada en Gonzalo, y “La lealtad contra la envidia”, sobre Hernando, donde al final se la cita, aunque es falso que él pudiera enseñarle dicha trilogía, pues parece que la comenzó a escribir en torno a 1626.

Generosas licencias poéticas para dibujar un perfil hagiográfico de la atractiva novohispana iluminado por los focos de la corrección política imperante en nuestros días. La irrupción del joven aspirante a sacerdote en el jardín de la casa de doña Francisca, a quien comunica su intención de escribir una obra sobre ella, da pie a que la dama recuerde su infancia peruana, su viaje a España para evitar el encono de los asesinos de su padre, su deslumbramiento por Sevilla, su matrimonio con su tío Hernando Pizarro, casi treinta años mayor que ella, su vida en Medina del Campo mientras su esposo era preso de lujo en el castillo de la Mota, su posterior estancia en Trujillo, su traslado a Madrid tras enviudar y al poco volver a casarse con un hombre más joven que ella y además hermano de su nuera, y su vida de lujo en la Corte.

La obra es poco más que una animada didascalia salpicada por alguna canción y referencias a los personajes literarios que frecuentaban los mentideros de la Villa. Hablaba antes de corrección política y es que la protagonista evoca la arcádica infancia peruana y las deidades incaicas con embeleso, mientras de su mitad española destaca la codicia y las ambiciones cortesanas, en apreciaciones en las que se adivina algún eco de la leyenda negra. Aunque nada tan rotundo como lo de hacerle decir al final de la obra que es una mestiza sin papeles, lo que suena a sarcasmo en boca de una millonaria que financió la construcción de palacios y conventos además de dilapidar sus caudales en fiestas y lujos, como recoge la historiadora e investigadora social peruana María Rostworowski en su documentada biografía “Doña Francisca Pizarro: una ilustre mestiza (1534-1598)”, donde sin duda se habrá documentado Julieta Soria.

Pero en recreaciones artísticas, a quién le importa el rigor histórico. La función resulta entretenida, hay que decirlo, con una soberbia Gloria Muñoz en plena forma, metida en la piel de la distinguida mestiza con desenvuelta autoridad interpretativa y tremenda frescura, con algún guiño contemporáneo que se mete al público en el bolsillo. Junto a la gran actriz, Julián Ortega, su hijo en la denominada vida real, es un Tirso declamador y gritón. Yayo Cáceres, vinculado a la compañía Ron Lalá, ha cocinado un espectáculo fluido y divertido con varias cesuras musicales a cargo del músico Manuel Lavandera y la cantante Silvina Tabbush, de poderosa y bella voz. Bien la sencilla escenografía de Carolina González, que evoca sucintamente la placidez recogida de un jardín, magnífica la iluminación de Miguel Ángel Camacho y muy bonito el vestuario de Tatiana de Sarabia.